lunes, 11 de marzo de 2013

QUIÉREME: SOY PERIODISTA

En la última encuesta del CIS la profesión de periodista sale mal parada por la ciudadanía. Está tan mal valorada como la de los jueces. Curioso: en el momento en que periodistas y jueces parecen ser los únicos que "levantan" los soterrados temas de la corrupción y que pueden ejercer de contrapoder frente a un ejecutivo de mayoría absoluta, que legisla con dureza los recortes y sin acuerdos parlamentarios, son los menos queridos.
¿Cúales pueden ser las causas?
De entrada se sabe que ni la Justicia ni los medios de comunicación pasan por el mejor momento. La primera por  poca imparcialidad, lentitud, burocracia y, ahora por costosa, parece engullir a los jueces que hacen su trabajo con honestidad y objetividad; y los medios de comunicación, que están sufriendo una crisis económica sin igual  que pone en riesgo su independencia de los poderes políticos y financieros— estos últimos se están acomodando en sus  accionariados y consejos de administración—están prescindiendo de sus periodistas y/o les están regateando los medios para hacer periodismo de investigación.
Así pues, la primera causa de desapego ciudadano con el periodista  pudiera estar en el  medio de comunicación  para el que trabaja. Pero no vale refugiarse en terceros para sortear la autocrítica que debería hacer la profesión y tampoco es excusa que algunos encuestados puedan considerar por igual el  periodismo amarillo-rosa de SÁLVAME que el comprometido de SALVADOS, o el  de los tertulianos que han de dar juego mediático con el  de los que levantan noticias contrastando las fuentes y sorteando mil dificultades.
El periodista lleva años sufriendo la incredulidad del ciudadano, porque se le considera que ha remado a favor de la corriente, conviviendo y conviniendo con los políticos y los financieros; haciéndoles la rosca a los poderosos y ocultando la voz de los débiles. Por eso el movimiento del 15M  fue un toque de atención también para los periodistas y los metió en el mismo saco que a muchas instituciones democráticas o a la banca. El "no nos representan" tenía algo que ver también con el no nos cuentan la verdad.
Es injusto pensar que los periodistas han de ser los salvadores de la democracia. No son los que tenían que alertarnos  de la que se nos venía encima, pero sí tenían la obligación de contarlo sin ambages ni componendas.
En esto de las encuestas pagan justos por pecadores, buenos periodistas por falsos predicadores, cronistas sobrecogedores e interesados, por honestos y comprometidos con la verdad o las verdades. Todos hacen media.
Lejos anda el ciudadano, según el CIS, de considerar a los periodistas como "buenas personas", cualidad necesaria, como decía Ryszard Kapuscinski, para intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades y sus tragedias.
Hay que hacer una reflexión, porque el periodismo es más necesario que nunca, lo mismo que la justicia.