jueves, 4 de octubre de 2012

CONTROLAR EL MENSAJE Y AL MENSAJERO

El control de las redes y sistemas de comunicación es algo en lo que se está invirtiendo grandes cantidades por parte de la mayoría de gobiernos. Nuestro grado de intimidad es inversamente proporcional a ese gasto.
Dos casos recientes y bien diferentes me llevan a hacer alguna reflexión. Uno es la solicitud del juez Pedraz a las compañías GOOGLE, TWITTER y FACEBOOK  para que se le faciliten los datos de los individuos que estaban detrás de determinados mensajes durante la manifestación del 25 S. Otro, bien diferente, es la intención del grupo UNIDAD EDITORIAL  de regular las comunicaciones que hacen sus periodistas a través de las redes sociales para que éstas no se alejen  de la línea editorial de sus cabeceras.
No pensemos que este es un tema propio de nuestro país. La CIA , a través de su fondo de inversión IN-Q-TEL  está adquiriendo diferentes tecnologías para monitorizar el comportamiento de los ciudadanos con intención de conocer y predecir acontecimientos de determinados movimientos sociales , además de los de terrorismo y seguridad nacional.
Los sistemas de espionaje legal de las comunicaciones están desarrollados en casi todos los países. En España en 2001, durante el gobierno de Aznar, se inició el desarrollo del SITEL (sistema integrado de escuchas telefónicas). Mediante un concurso secreto se pasó a que determinadas empresas gestionaran directamente para la Dirección General de la Policía y la Guardia Civil, en un ordenador central, la intervención de las llamadas en tiempo real, a requerimiento de los jueces, y sin necesidad de pedir estos datos a las compañías telefónicas. En cualquier momento desde un ordenador de la policía se puede acceder a la localización de un móvil y a las llamadas y mensajes de texto de cualquier ciudadano, siempre con la autorización del juez.
Se me hace extraño que SITEL no haya desarrollado también su propios sistema para detectar qué personas estamos detrás de cada mensaje enviado mediante una dirección IP de un ordenador o móvil con conexión a internet y el juez tenga que recabar información de las compañías que explotan las  redes sociales y correos electrónicos.
Pero a lo que voy. Controlados, de una u otra manera, lo estamos. No hay duda, y cada cual es libre de renunciar a su privacidad y de exponer sus opiniones sabiendo que desde el momento que suben a una red social ya no le pertenecen y además son monitorizadas, no solo para venderle un producto, sino para ser seguido si la justicia lo ordena.
En el otro lado está el intentar controlar y modular los mensajes de los mensajeros . En este caso  los de los periodistas. Convertir lo que en los diarios se suele llamar el libro de estilo en un control del estilo de los mensajes que sus periodistas vierten en las redes sociales, se me hace harto complejo y más en estos momentos.
De hecho, las redes sociales estaban denostadas por algunos directores de medios y por algunos periodistas hasta hace poco tiempo. Hoy, vemos como los directores interactúan con los contenidos, con sus portadas y hasta con los lectores que les siguen. Parece imparable e incontrolable que se modere este circuito que lleva a un aluvión de opiniones de diferente signo.
Hoy en día cuando un colectivo, incluso el de las redacciones de los diarios, no aparece en un medio de comunicación porque reivindica sus precarias condiciones laborales o lo que sea, aparece en las redes sociales y luego, incluso, llega a ser noticia.
Controlar al mensajero ya es una realidad: Quién lo envía, a qué hora, desde que sitio y dispositivo y hasta en que tono lo escribe o pronuncia. Controlar el mensaje que se envía comienza a dar pánico.
¿Por qué les está dando a muchos por "modular" tantas cosas, manifestaciones incluidas?

Dejo un enlace de eldiario.es sobre un estupendo reportaje de Juan Luis Sánchez que lo explica muy bien. http://www.eldiario.es/politica/Puede-Facebook-entregar-personales-Policia_0_54245023.html

y os dejo un enlace a mi novela Tienes que Contarlo que cuando la publiqué, este año, no pensaba que la ficción fuera tan real y que el control de las redes sociales fuera tan inquietante.