lunes, 27 de diciembre de 2010

CUENTO DEL ÚLTIMO DÍA DEL AÑO

Siempre nos queda algo por hacer. El último día del año, Julián quiso subir en globo. Asido a la cesta del aerostato, se elevó lentamente desde uno de los valles del Cadí. Abajo iba dejando árboles y pastos, coloreados de ocre por el frío invierno. La carena blanca de las montañas nevadas relumbraba con el sol y le cegaba, a ratos, la vista, pero no quería perderse nada.
La suave brisa se transformaba, con la altura, en corriente gélida de viento del norte, que propulsaba el globo sin rumbo conocido. Julián se dejaba llevar.
Las sensaciones desde la altitud eran encontradas. Sentía, de una parte, la emoción de la aventura, de cierto riesgo que le ponía en tensión, y a la vez le turbaba; de otra, su mente se elevaba por encima del mundo real, que percibía como lejano, diminuto y sin importancia.
Abajo quedaban los problemas de un año difícil, en el que había perdido el trabajo en el periódico y fue incapaz de conservar el amor de su pareja. Un año en el que los pequeños detalles, como las diminutas casas y minúsculos senderos arbolados, que ahora adivinaba desde las nubes perforadas por el azul intenso del cielo, le habían jugado una mala pasada.
Al llegar a la cima todo es difuso y lejano, nada se alcanza con la mano. Te olvidas de lo que de verdad importa: del amor, de los amigos. Julián había llegado, ese año, bien arriba. Eso creía. Quizás, por eso, no fue capaz de ver cómo se desvanecía todo lo que había construido, creía, con solidez indestructible.
El viaje en globo, del último día del año, llegaba a su fin. El piloto dosificaba las llamaradas sobre el helio con menor cadencia, manipulaba el timón para acompañarse de las corrientes de aire más caliente, haciendo girar el balón gigante que a trompicones aproximaba la cesta hacia la tierra. Los árboles ya eran árboles y no arbustos enanos. Las casas dejaban ver sus puertas y ventanas y hasta las chimeneas humeantes. La tierra recuperaba el color ocre con pinceladas amarillas de las últimas cosechas otoñales.
Julián sintió la melancolía del regreso a lo rayano. Un choque seco de la cesta sobre el suelo le golpeó de nuevo con la realidad.
Descendió a tierra firme con el propósito de que en el nuevo año todo iba a cambiar. Y si no fuera así..., siempre podría volver a subir a lo más alto, en globo, el próximo treinta y uno de diciembre.